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Cuando hablamos de transmisión intergeneracional de la violencia de género estamos aludiendo a una de las tantas consecuencias del maltrato contra la mujer. Y es que, la exposición de los menores que viven en el hogar a dicho maltrato, deja huella.

Se consideran menores expuestos a violencia de género en su ámbito familiar, a todas las hijas e hijos que viven en un hogar donde su padre o la pareja de su madre es violento contra la mujer (Pâquet-Deehy, 2004). Estos menores viven en un contexto familiar basado en estructuras familiares de poder desigual donde el varón ejerce la autoridad y el control colocando a la mujer por debajo en una posición de sumisión.

Los hijos e hijas de víctimas de violencia de género pueden o no presenciar dichas agresiones, aun así, las secuelas en los menores aparecen en la mayoría de los casos. El daño causado a estos menores puede aparecer a corto, medio o largo plazo. A corto plazo hablaríamos de consecuencias en distintas áreas a nivel social, escolar, conductual o emocional. Sin embargo, las consecuencias a largo plazo están relacionadas con la transmisión intergeneracional de la violencia de género.
Dicha perpetuación de la violencia en los menores, implica la interiorización de unas relaciones de poder desigual donde el varón somete a la mujer mediante su dominio y control, la normalización de la violencia como una forma de mantener la autoridad y la aceptación del abuso y el maltrato como parte de la dinámica comportamental en la pareja.
Existen numerosas referencias bibliográficas que consideran que los hijos e hijas que crecen en un sistema familiar violento, tienden con el tiempo a convertirse en perpetradores o víctimas de violencia en la pareja. Los estudios que abordan dicha temática han investigado las diferencias que existen en función del género, es decir, las diferentes consecuencias de estar expuestos a violencia de género en el hogar según el menor sea mujer o varón.
Un resultado relativamente constante de las indagaciones llevadas a cabo sobre los efectos intergeneracionales es que los hombres que de niños sufrieron maltrato o presenciaron violencia entre sus padres, tienen más probabilidades de ser violentos con sus parejas (Herrenkohl et al., 2004; Margolin et al., 2003; Whitfield et al., 2003).

En el caso de las mujeres, presenciar violencia hacia la madre en la niñez aumenta el riesgo de sufrir victimización por sus parejas en la edad adulta (Castro et al., 2003; Lipsky et al., 2005; Renner y Slack, 2006; Rivera-Rivera et al., 2004, 2006; Stith et al., 2000; Villarreal, 2007 y Whitfield et al., 2003).
En esta línea, vemos que mediante aprendizaje por modelado, los niños varones aprenden que la violencia es una manera eficaz de resolución de conflictos en la pareja, que forma parte de la relación normal familiar y que es una manera de mantener el rol de autoridad y los privilegios que merece el hombre por el mero hecho de serlo. Además, aprenden la impunidad de ejercer violencia y cómo ésta queda oculta en el ámbito familiar. Del mismo modo, las niñas aprenden a adoptar el rol de sumisión y obediencia.

Fdo.: Natalia Gracia Sánchez

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