In Infantil y adolescentes

Llegan las vacaciones de verano y nuestros adolescentes tienen más tiempo libre ¿A qué hora debe volver a casa? ¿Beberá alcohol al salir con sus amigos? ¿Tiene un nuevo amor de verano? ¿Cómo le digo que la ropa que lleva no es adecuada? Entre otros, estos son los primeros reclamos de independencia en la adolescencia, una etapa clave que se extiende desde los 12 a los 18 años, es entonces cuando suelen surgir los primeros roces con la familia. En ambos casos, se pueden establecer y alcanzar acuerdos entre padres e hijos, fortaleciendo los vínculos familiares y potenciando su tolerancia a la frustración sin dejarlos “campar a sus anchas”.

Las vacaciones son para romper con las rutinas y, entre ellas, los horarios. Por eso, muchos padres flexibilizan las entradas y salidas de sus hijos, horas de las comidas y siestas durante el verano. Pero ahora se impone volver a retomarlas. Tarea nada fácil para muchos, sobre todo para los adolescentes que ven su descanso estival lleno de normas y límites donde se les escapa su libertad.

¿Por qué es importante establecer normas en nuestros hijos/as?

Entendemos por norma aquellos criterios que indican qué, cuándo y cómo realizar una acción o tarea.
Para un adolescente tener puntos de referencia claros sobre lo que debe o no debe hacer es vital para su desarrollo de cara a su futura vida adulta. Para él tener claros los límites educativos es importante por varios motivos:

  • Le aportan seguridad y protección.
  • Es una forma de integrar las normas que rigen en la sociedad en que vive.
  • Los hijos van creando sus propios referentes y van adquiriendo pautas de lo que es y no es válido.
  • Ayudan a mejorar la convivencia en casa, respeto hacia los demás y hacia uno mismo.
  • Prepara a nuestros hijos a adquirir el sentido de la responsabilidad.
  • Su cumplimiento ayudan tener un mejor concepto de sí mismo/a.
  • Ayudan a desarrollar la tolerancia a la frustración; es decir, la capacidad para poder asimilar el sentimiento de frustración que provocará el hecho de que no siempre les salgan las cosas como les gustaría.

Las normas deben ayudar al adolescente a predecir las consecuencias de su propia conducta. Le indican un marco de referencia para atenerse a él en todo momento.

Entendemos por límite las reglas que regulan un comportamiento y que suponen guiar, prevenir y proteger y no sólo sancionar.
Los límites dan seguridad a los hijos. Todos necesitamos puntos de referencia; es de sobra conocido que los adolescentes más inseguros y temerosos son aquellos que tienen unos padres permisivos o con un estilo educativo inconsciente (por lo mismo que hoy te castigo, mañana te río la gracia). No por negarle o prohibirle determinadas cosas los hijos nos van a querer menos; sin disciplina sufren mucho. Parecen autosuficientes, pero en cuanto salen de su casa se muestran inseguros y temerosos.

La normatividad aporta seguridad y eficacia a las relaciones en la familia, mientras que la falta de autoridad o la incoherencia (cambio constante de normas) genera confusión e inestabilidad, propiciando la aparición en los niños de conductas inadecuadas e insoportables.

El establecimiento de normas y límites en el contexto familiar supone uno de los factores de protección más significativos para reducir la probabilidad de conductas de riesgo.

¿Cómo establecer normas y límites?

El papel de los padres se centra en establecer y aplicar normas claras, pertinentes y razonables.

Debemos tener en cuenta a la hora de establecer normas y límites que éstas deben ser:

  • Claras y sencillas: “pon la mesa”, “recoge tu habitación”, “es la hora del baño”.
  • Firmes: tono de voz seguro, sin gritos y con calma “vete a tu habitación ahora”.
  • Únicas: “tienes que recoger la habitación por favor”.
  • Específicas: “no tienes que gritar”. Realistas: las normas se tienen que poder cumplir y estar ajustadas a la realidad, edad, madurez y habilidad de nuestro hijo.
  • Consistentes: la aplicación de las normas debe ser aproximadamente la misma, independiente de su estado de ánimo y de quién esté presente.
  • Coherentes entre sí: los padres deben tener muy claras cuáles son las normas que consideran oportunas y necesarias, así como la importancia que éstas tienen para ellos. Las normas deben ser para todos. No podemos castigar al adolescente por decir tacos si los padres los dicen habitualmente.
  • Normas razonables y de fácil cumplimiento: por ejemplo no es razonable pedirle a un niño hiperactivo que esté una hora sentado leyendo un libro.
  • Revisables y evaluables periódicamente: por ejemplo la hora de acostarse puede ir modificándose con la edad.
  • Dar la orden con afirmaciones directas, evitar la orden preguntando:  “Por favor, tienes que hacer los deberes” en lugar de “¿podrías hacer los deberes?”
  • Utilizar siempre el “por favor”.
  • Acentuar lo positivo: “habla bajo” vs “no grites”, preferiblemente frases con el verbo haber antes de usar el “no”. “haz bien la cama” vs “no dejes la cama como un gallinero”.
  • Dar opciones: tienes que ducharte todos los días ¿prefieres ducharte ahora o mañana por la mañana?
  • Enseña a ser responsables: por ejemplo que se elijan la ropa de diario o para una comunión.
  • Guardar distancia: dar las reglas de forma impersonal “son las 12 de la noche, hora de acostarse, y le enseñas el reloj”.
  • Explicar el por qué.
  • Marcar un límite de tiempo: “tienes que hacer los deberes antes de ver la televisión “.
  • Sugerir alternativas: por ejemplo: “ahora no puedo darte el dinero para golosinas, en terminar los deberes te las compras”.
  • Desaprobar la conducta, NO AL ADOLECENTE/NIÑO: “eso está mal hecho, no decir “eres malo”.
  • Controlar las emociones: delante de un mal comportamiento, lo mejor es contar un minuto con calma y, después preguntar con tranquilidad ¿qué ha sucedido?
  • Asegurarse que las acciones traen consecuencias e informar de ello: si se le dice a su hijo que debe llegar a las 10 de la noche a casa, no ignore su llegada a las 12. Pierde credibilidad con su hijo sino le hace sufrir las consecuencias por haber llegado dos horas.

¿Cómo llegamos a un acuerdo entre padres e hijos?

Hagamos uso de la estrategia que conocemos como Contrato Conductual, documento elaborado conjuntamente entre padres e hijos en el que ambas partes expresan sus peticiones de cambio y sus conductas a emitir por escrito, tratando de llegar a un equilibrio y acuerdo entre ambos. En el próximo post, desarrollaremos paso a paso cómo elaborarlo.

Es trabajo de los padres, a su vez, adaptar estas normas a la edad y la madurez de su hijo adolescente: concretar un horario acorde con las actividades del hijo (estudios, deporte…) y con un estilo de vida saludable, tener en cuenta los desplazamientos y lugares de residencia; comunicarlo en el momento oportuno (no cuando esté enfadado) y, ser conscientes de las consecuencias y hasta dónde vamos a negociar con él.

 

Fdo.: Laura Llinares Espí

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